Tomar las brochas, hacer siempre más.

Cansados de esperar, varios ciudadanos aglutinados en un puñado de organizaciones1, decidieron pintar sus propias ciclovías con recursos obtenidos al ya clásico estilo limosnero y con el vaciado de los propios bolsillos.

 

Los objetivos eran múltiples: garantizar la seguridad vial de los ciclistas y hacerlos visibles, denunciar la incapacidad de las autoridades para gestionar la ciudad y avergonzarlas por ello; demostrar que la organización informal puede producir resultados formales y restituir a la bicicleta como un medio de transporte digno en una ciudad elitista que culturalmente se creyó el mito de que el automóvil era el indicador de progreso, estatus, bienestar, seguridad y confort.

 

Después de meses de recaudación de fondos y de trabajo semanal en la cochera ofertada por una integrante del complot, con un trabajo técnico serio de por medio. De la mano de urbanistas con un plan técnico y con la suma suficiente de manos para hacerlo. Los desobedientes eligieron un domingo de enero del 2011 para cometer el “delito”. No sin antes darse cita en casa de otro integrante que tenía la vital tarea de suministrar chilaquiles y jugo de naranja, fuente de energía necesaria para seis horas de trabajo bajo el sol ante el estrés de los claxons, el olor de la pintura, el polvo inhalado, el esfuerzo físico de recorrer 5 km a gallo gallina dejando huella.

 

El resultado fue impresionante, miles de comentarios en la red que provocaron un debate viral y la posterior decisión de las autoridades de declarar la ciclovía oficial, protegida mediante elevadas multas; una polémica desatada por el cuestionamiento de un locutor de radio que etiquetó la acción de violenta; bombardeo mediático que ayudó a empujar la activación del ayuntamiento para invertir en la separación física y el mejoramiento del trazo; la reacción visceral de algunos vecinos de un fraccionamiento cercano… críticos con la acción por temor a que ésta generara entorpecimiento del tráfico local. Pero el más alto logro consistió en la propia satisfacción de quienes participaron en la acción  y el inevitable contagio del entusiasmo a otros ciudadanos animosos de hacer algo por su ciudad. Sin dejar de lado que se logró el cometido inicial: dotar de seguridad vial a quienes ya circulaban por la avenida, obreros y estudiantes. Vinieron la segunda y la tercera ciclovía y la respuesta fue casi la misma, pero las autoridades no nos acompañaron. Se negaron a la ejecución del Plan de Movilidad Urbana No Motorizada del Área Metropolitana de Guadalajara, 1500km de ciclovías y corredores peatonales, único plan de este tipo en todo el país que el Estado mismo había contratado. Perdieron la virtud cultural de avergonzarse cuando se debe.

 

 

La ciudadanía activa en el tema aprendió su propia lección: que se encontraba más sola de lo que esperaba en su cometido por hacer de su ciudad un lugar habitable, donde sus mejores interlocutores eran los propios usuarios de la bicicleta, los niños o las mentes jóvenes aún no condicionadas por el clasismo de la ciudad. Los académicos entendedores de indicadores de prosperidad, armonía y sustentabilidad capaces de angustiarse ante la realidad presente; los reporteros, directores editoriales y de medios sensibles a lo inédito y significativo de una acción como esta; las mamás y los papás preocupados por la casa que heredarían a hijos y nietos.

 

A dos años de la primer ciclovía ciudadana se percibe un escenario más oscuro para la ciudadanía que empuja este tema (y muchos otros)…y encontrar mayor resistencia al cambio. Pero una vez superado el trago amargo, la desesperación y la desesperanza, todo apunta a concluir que, así como la salud se recupera a fuerza de hábitos saludables, la democracia cuando no funciona se arregla con hábitos democráticos. La propia acción ciudadana cuando resulta insuficiente sólo puede mejorarse con más acción ciudadana. Lo que significa más organización, más entusiasmo, más protesta y más provocación.

 

Sin duda, vienen años difíciles para quienes pretenden gestionar desde la coerción y la cultura autoritaria. Difíciles días para unas autoridades que se han comprendido a sí mismas como autorizadas para forzar, que no para servir. La semana pasada le quitaron sus monumentos a los ciudadanos. La respuesta será evidente: más monumentos. Y como ya se prevee, más ciclovías y más acciones que suplan el vacío institucional de este Estado. Jalisco.

 

 

 

Jesús Carlos Soto Morfín

tw: @negrosoto

Dirección Web y Redes Sociales AdQat

Integrante de Ciudad para Todos

 

Artículo vía AdQat

 

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Comments
One Response to “Tomar las brochas, hacer siempre más.”
  1. Alex Ramirez dice:

    Para cuando la próxima ciclovía ciudadana? Habían quedado que sería cerca del CUCSH, no? Me interesa cooperar. Un saludo.

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