El poder político de caminar

beatles-abbey

“Hace seis años éramos el noveno exportador mundial de automóviles. Este año ya somos el cuarto mayor exportador de automóviles y superando a los Estados Unidos… Se han construido o modernizado casi 20 mil kilómetros de carreteras y caminos rurales… lo hemos hecho en lugares de una extraordinaria complejidad geográfica, donde, quizá, por eso no se habían hecho esas carreteras…entre 1980 y 2006, se construyeron en México 14 túneles carreteros. En este sexenio hemos construido más de 90 túneles carreteros y, también, hemos invertido más que en las dos administraciones anteriores juntas, no sólo en carreteras, sino también, en puertos, en aeropuertos e infraestructura ferroviaria.”

VI informe de Felipe Calderón Hinojosa, Presidente de México.

 

 

En su VI informe, Calderón, como todos los presidentes que le precedieron, manifiesta con éxtasis la creación desenfrenada de infraestructura vial. 90 nuevos túneles contra 14 construidos entre 1980 y el 2006, 20 mil kilómetros de carreteras y pasamos de ser la novena a la cuarta potencia mundial en la súper industria del automóvil. Me pregunto cuál será la idea de hombre que tiene nuestro presidente cuando celebra este derroche ante el que no podemos evitar la pregunta: ¿En qué se dejó de invertir para gastar en ello?

 

Cientos de carreteras. ¡Bravo! Territorio tapizado con asfalto. Alemania se arrepintió de ello en los 70’s. En ese mismo país se inventó el Volkswagen, vehículo que consume 175kg de oxígeno para recorrer 500km, el mismo oxígeno que un ser humano consume en un año. Los humanos consumimos por cada gramo 0.75 calorías por cada kilómetro recorrido. Sólo el perro y el tiburón tienen un cuerpo más eficiente que el nuestro para moverse, pero con el invento de la bicicleta los hemos superado: 0.15 calorías promedio por gramo. El cuerpo humano y la bicicleta son más rentables que cualquier vehículo motorizado que consume por lo menos cuatro veces más en el mismo trayecto.

 

Aún así, Calderón en su discurso decide celebrar el tremendo gasto de su sexenio en tecnología altamente costosa para la sociedad. Ya veo venir pronto los reproches de quienes ven en la industria del automóvil, o en muchas otras, nada sino fuentes de ingreso y derrama económica para el país. Si, ¿pero a qué costos y para qué propósito? No es gratuito que México sea uno de los países más desiguales del mundo y sea punta en la construcción de automóviles. ¿Cuánta inversión social hay que hacer para que funcione este negocio que además auto consumimos y así nos cuesta muchísimo más?

 

Es una gran mentira que los autos nos hacen llegar más rápido. Una vez rebasado cierto umbral, mayor velocidad significa ir más lento. Altas velocidades requieren gastos enormes en infraestructuras sin jamás tener pleno éxito. Invertir en más vialidades impide crear alternativas mientras las externalidades zombifican el tejido social. La industria del transporte le cuesta a la sociedad más tiempo del que ahorra. Con la apuesta por esta tecnología para movernos la mayoría no sólo paga más sino que sufre daños irreparables. La contaminación la pagamos todos, pero impacta más fuerte en el bolsillo más vacío. Los más pobres destinan al menos la mitad de su ingreso para adquirir un auto para moverse a un trabajo para mantenerlo, o utilizan el transporte colectivo, costoso en impuestos sobre todo en ciudades para autos, lo que encarece su operación; o arriesgan el pellejo en bicicleta o a pié. A los que menos tienen cuesta más un accidente.

 

Además, el transporte motorizado no sólo consume energía, sino fundamentalmente espacio. El lugar de un coche lo utilizan 18 bicicletas. Esta fotografía compara 50 personas en 50 bicis o en 50 autos o en un camión:

 

 

 

Casi el 80% del espacio público de las ciudades es utilizado por avenidas, calles, pasos a desnivel, estacionamientos y autos en circulación o estacionados. Y de nuevo, quienes más la pagan son quienes menos tienen, con poco acceso a espacios públicos dignos y vivienda en hacinamiento. Caballos de fuerza pisotean la equidad y además hacen perder el tiempo. Crean distancias a costa de todos, las reducen en beneficio sólo de algunos. Quien no tiene acceso a un automóvil sufre el entorno construido para beneficio de éste.

 

 

Así hemos llegado al absurdo de valorar más a quien transporta ideas en avión que al que moviliza vacas en el campo. Valoración que se traduce en una mayor inversión social en aquella minoría que goza del acceso a los aviones y tiene la capacidad para adquirir el departamento del edificio más caro y próximo al centro de trabajo; minoría que podrá contar con chofer o el recurso para rentar un auto cuando sea necesario. Las ciudades se han desparramado como hot cake y los de menos poder adquisitivo se ven en dificultades para elegir la geografía que habitarán. Terminan en las zonas residuales para que después una fuerte inversión los obligue a desplazarse.

 

Ciertamente, la alta velocidad es un factor de discriminación y los ingenieros que hacen nuestras tecnologías y deciden nuestras políticas públicas son incapaces de concebir una renuncia a ella. A pesar de que ir contra el tiempo deja bastantes muertos y heridos detrás. Ante la industria del transporte, el hombre consciente de su espacio vital y de su limitación temporal, que sólo domina el territorio que puede caminar, está en vías de perecer.

 

Devenir sujetos democráticos, única forma de lograr la revolución según Michael Hardt, implica renunciar a cierta velocidad que excluye al otro. Pero tenemos un cinturón de seguridad ideológica, tanto ricos como pobres, tanto de izquierda como de derecha. El campesino termina por desear una tecnología de mayor velocidad a la necesaria para la producción. El pobre, sujeto al deseo de un motor que le signifique un mejor status. Y el intoxicado por la velocidad urbana es incapaz de comprender que sólo más lento se podría ir más rápido, con una velocidad moderada, equitativa, eficiente para todos.

 

¿Para qué queremos ser más ricos si después será más costoso el desmontaje de nuestro sistema de transporte para liberarnos? ¿Por qué la industria del automóvil que ha sido tan ingeniosa en producir tecnología sofisticada no empieza un gran negocio en la producción de tecnología que realmente logre la movilidad eficiente? ¿Cuál es el nombre real del enemigo? ¿Qué rostro tiene eso que burdamente llamamos capitalismo? ¿Se trata de la lucha de clases o de transformar la forma en que comprendemos y utilizamos la tecnología y la energía?

 

¿Qué tipos de tecnología requiere el sistema político que buscamos? ¿Hugo Chávez tiene idea de algo cuando regala la gasolina al pueblo venezolano? ¿Felipe Calderón tiene idea de lo que significa progreso cuando presume la destrucción del territorio y el incremento de la pobreza que causa la industria automotriz? ¿Un movimiento nacional podría superar el cinturón de seguridad ideológica e instaurar la velocidad tope de 25km en nuestras ciudades y así desarticular el pilar de un sistema político tecnocrático desbocado para lograr una democracia radical?

 

Me queda claro que no comparto la idea de hombre del presidente de mi país. Para él hay que ir muy rápido para no ver la desigualdad ni reconocer los errores de su gobierno. Todos nacemos casi en las mismas condiciones para movernos, lo que es una concesión democrática de la naturaleza. Pero el motor rompe con dicha justicia. Crea un territorio salvaje y jerarquizado. Interrumpe el poder liberador de caminar por uno mismo, con autonomía e independencia. Para mí, la revolución está en ir más lento, sin frenarnos, aprender de nuevo a ir a pie o a la velocidad gentil de una bicicleta.

 

 

Jesús Carlos Soto Morfín

@negrosoto

Dirección Web y Redes Sociales AdQat

Terrorista de Ciudad para Todos

 

Texto original: Adqat

 

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Comments
One Response to “El poder político de caminar”
  1. sandy gallia dice:

    Triste, muy triste, me parece muy difícil poder lograr una democratización en medios de transporte, entender que entre más espacios le demos a los coches, más espacios van a necesitar, y es que el Gobierno no ayuda, tenemos un sistema de transporte colectivo sumamente deficiente; y eso, aunado a la publicidad que nos rodea que dice que si tienes coche entonces eres exitoso y popular, produce que quien no tenga coche ni siquiera sea tomado en cuenta.

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