El hombre que tocaba el piano con los pies

La verdadera historia de este signo de tránsito, según Antonio Simón:

Queridos lectores, acercaos, sentaos sobre vuestros cojines al calor de la lumbre y poneos cómodos. Os contaré como fue la cosa. Hubo un hombre que tocaba el piano con los pies. Tal vez hayáis oído hablar de él. El pieanista, le llamaban. ¿Os suena? Claro que no, son cosas que pasaron hace mucho tiempo. El pieanista era un virtuoso tocando con los dedos de los pies y se hizo famoso por eso. Es decir, se hubiera hecho famoso sólo por eso de no ser porque además lo hacía en mitad de la calle, inasequible al tráfico y a las inclemencias del tiempo. ¡Sacad la música de los salones!, era su grito de guerra. Un día se instalaba en una glorieta, al otro en una avenida, iba de aquí para allá con su piano con ruedas y sus pies sin zapatos. Los que han escuchado la historia de los que han escuchado la historia de los que presenciaron los hechos dicen que era un espectáculo verlo y que, alguien, para protegerlo de los conductores lanzados, colocó una rudimentaria señal de aviso junto a la carretera, un dibujo esquematizado que venía a decir: No corras, el hombre que toca el piano con los pies está aquí. Cundió el ejemplo. Las calles se llenaron de señales que advertían de la presencia del pieanista.

Aún y todo, sucedió: un conductor borracho estrelló su Ford T contra el músico y lo empotró contra su piano.

Otro alguien, o tal vez el mismo que había puesto la primera señal, pintó unas teclas blancas en el suelo en señal de duelo. Cundió el ejemplo. Las calles se llenaron de teclas blancas allá donde se erigían las señales. La gente pasaba por encima de ellas, pisándolas tal y como lo habría hecho el pieanista. Los coches participaban en el homenaje en silencio: se detenían ante las teclas y esperaban a que los peatones cruzaran la calle sin tocar el claxon. Las autoridades no se atrevieron a quitar las señales ni a borrar las teclas que, con el tiempo, pasaron a ser parte del paisaje urbano.

Desde entonces, los viandantes, en vez de cruzar la calle a lo loco, lo hacen por encima de las teclas, a ritmo, marcando en cada paso el compás, poseídos por un swing especial que se esfuma nada más llegar a la acera. Seguro que tú también lo has notado. De hecho, ese swing especial que lo acompaña a uno en los pasos de cebra, es algo que ya no se siente en los nuevos pasos, esos con cuadrados a los lados y un grande y triste e imperdonable vacío en medio

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