Sobre al aumento al transporte público: una reflexión tapatía

El transporte público puede ser una experiencia agradable y patrimonio vital de la Ciudad; diversas ciudades del orbe, ricas y pobres, lo han demostrado con sus sistemas multimodales. Al País le falta una metáfora digna y alentadora de humanismo en sus ciudades. Nos conviene comprender que mientras más personas utilicemos transporte colectivo, más conviviremos y menos daño nos haremos los unos a los otros, al territorio, a la atmósfera -esa frágil capa de menos de 30 kilómetros-, y disfrutaremos más la Ciudad y nuestro tiempo.
Hasta ahora muchos han apostado por moverse en solitario: 2.8 personas promedio por automóvil son el 27 por ciento de los viajes en la urbe (Estudio Origen-destino 2008 CEIT); mientras 28 por ciento se mueven en transporte colectivo, apretados, sin condiciones dignas ni rutas suficientes. Los primeros utilizan 80 por ciento del espacio público vial de la Ciudad, contaminan el aire con 83 por ciento de lo que nos hace daño y realizan la misma cantidad de viajes que los camiones del Área Metropolitana de Guadalajara: casi 2 millones de autos mueven poco menos que aproximadamente 5 mil camiones. ¿Cuánto espacio tendríamos sin tal cantidad de autos?

Los motivos para que tantos automovilistas decidan serlo, a pesar de la monotonía, la saturación, la contaminación que enferma, las altas probabilidades de morir, en lugar de moverse placenteramente en camión, a pie, en bici, se deben a que la calle y lo colectivo no seducen: son indignos, están abandonados y en condiciones irrisorias. Es increíble que en el planeta mueran diariamente 3 mil personas por la digna tarea de trasladarse; entre ellos se cuentan los mil 500 jaliscienses que mueren al año (CEPAJ 2009).

En los últimos cinco años, gastamos aquí 3 mil millones de pesos para construir infraestructura para autos, mientras coexistimos con cientos de miles de familias rotas sin voltear a verlas; el tejido social está seriamente rasgado. Utilizar transporte público representa, para 9 por ciento de sus usuarios, la mitad o la totalidad del salario mínimo. Dos o tres viajes obligados al día pueden significar un vacío y un ardor en la panza, que la autoridad no imagina.

De 1994 al 2006 no se invirtió un peso al transporte público, mientras que avenidas como López Mateos gozaron de inversiones que rondaron los mil 200 millones de pesos, y hoy están saturadas. El Puente Atirantado es el monumento a esta política pública con la que se coronó este sexenio, que aspiraba a más con la hoy muerta Vía Express. Los millones gastados para los autos bastarían para renovar las unidades del transporte colectivo.

Si en los próximos seis años ingresan a nuestras calles otros 500 mil autos, será imposible movernos. El agotamiento del petróleo también nos coloca ante un callejón sin salida. Es apremiante bajarnos del auto, y puede ser muy agradable. Pero las alternativas actuales son pésimas y por ello es vital renovar el sistema de transporte colectivo: reestructurar la red que en 1985 los transportistas -hoy pulpo camionero- impidieron.

Desafíos: dar abasto a zonas aisladas; usar el diesel menos contaminante; contar con tecnología de prepago y un sistema articulado para trasbordos; paradas decentes, con información, mapas, horario, y más y mejores unidades; trato amable al viajero; velocidades moderadas; unidades adecuadas para personas con discapacidad; carriles exclusivos; sistema de contratación que dignifiquen a los choferes y les paguen bien por distancia recorrida, no por tiempo ni pasaje; prestaciones, seguros, para que sean servidores públicos ejemplares.

Hoy el sector del transporte amenaza a la Ciudad con un paro si no se concreta un subsidio o un incremento de la tarifa. Anteriormente se les ha subsidiado, y no cumplieron promesas. Pero, ¿se justifica una nueva tarifa? ¿no deberíamos contar con una base técnica y social que la calcule y transparente?

Hay experiencias en el mundo, donde han tenido éxito distintos modelos de gestión (públicos, privados o mixtos). Hay ciudades que han optado por subsidiar completamente el transporte público porque reconocen a la movilidad como un insumo de la economía y un tejedor de capital social, al provocar que los ciudadanos volvamos a reconocernos en un medio democrático y cívico. El acento está puesto en los resultados que logran: una Ciudad para todos, gozosa.

Si el Estado no puede construir el bien común, ¿no deberíamos ser los ciudadanos los que paremos la Ciudad hasta contar con un sistema digno, eficiente y necesario? ¡Hagamos que suceda!

(@negrosoto) Jesús Carlos Soto Morfín es integrante de la agrupación Ciudad para Todos.

Comments
One Response to “Sobre al aumento al transporte público: una reflexión tapatía”
  1. sandygallia dice:

    Están obvias las prioridades, la industria automotriz es lo que importa realmente para el gobierno U_U

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