El Mundial Brasil 2014, ¿para quién?

La nota “Vive Río ‘guerra’ por el mundial”, de Alberto Armendáriz, corresponsal de Reforma en Brasil; y la columna “Brasil 2014: ¿del golazo al autogolazo económico?” de Luis Miguel González, nos ilustran un poco sobre esa consigna.

Aunque parezca mentira, la pasión por el próximo Mundial de Futbol en Brasil demoró en encenderse en Río de Janeiro.

Y ahora que lo hizo, no fue precisamente como en otros años en los que una alegre fiebre futbolística invadía toda la Cidade Maravilhosa. Esta vez, los cariocas se dividen entre quienes se expresan a favor o en contra del campeonato en casa.

En la última semana, una verdadera guerra de decoraciones callejeras se ha desatado en la ciudad.

Mientras algunos vecinos decidieron, tardíamente, adornar sus calles con banderas brasileñas y serpentinas “verde-amarelas”, para continuar con una tradición festiva que comenzó en los años 70, muchas otras personas han colocado carteles quejándose por los 11 mil millones de dólares que el Gobierno ha gastado para celebrar el evento, cuando el país enfrenta serios problemas de salud, educación, transporte público, saneamiento básico y vivienda.

Una de las primeras calles en ser engalanada con cientos de banderines brasileños y banderas de los otros 31 países que disputarán el Mundial entre el 12 de junio y el 13 de julio, fue la rua Honório de Barrios, en el barrio de Flamengo. Pero la noticia no fue que finalmente el clima mundialista empezaba a adueñarse de Río, sino que en el segundo piso del edificio ubicado en el número 25 de esa calle, alguien había colgado una enorme bandera de Brasil con manchas rojas y la leyenda crítica: “¿Copa para quién?”.

“Fue un adolescente que vive ahí, pero su padre ya le pidió que la retirara; no quiere llamar tanto la atención y teme que le tiren piedras contra la ventana”, contó a REFORMA el encargado del edificio, Lorenzo Soares, de 54 años.

“El chavo tiene toda la razón: este es un evento que beneficia más a la FIFA que a Brasil. Pero nosotros lo pedimos y ahora que está por empezar no podemos arruinar la fiesta resaltando todas las fallas que tiene nuestro país”, agregó.

Dueña de un departamento en la misma calle, la jubilada María Aparecida Alves, de 60 años, no quiso contribuir con su dinero a la “vaquinha” que organizó la asociación vecinal para recaudar fondos para las decoraciones. Prefirió hacer una donación a una guardería para niños pobres.

“No estoy de ánimo para celebrar el Mundial cuando el nivel de la educación en Brasil es pésimo, los hospitales se caen a pedazos, el transporte público es un desastre y hay tantos niños viviendo en la calle”, señaló mientras paseaba a su poodle, “Nara”.
Con “Tufão”, su bulldog francés, en brazos, la abogada Debora González, de 32, fue incluso más dura en su dictamen.

“El futbol es el opio del pueblo brasileño. Quieren tapar todos los problemas que tenemos con este Mundial. Ojalá que Brasil pierda y la gente abra los ojos a la realidad. Yo no estaré hinchando por la selección brasileña e iré a las manifestaciones que haya contra la Copa”, dijo antes de salir a caminar por el barrio, cuyas decoraciones mundialistas estaban matizadas por pintadas en las paredes en inglés y portugués con insultos como “Fuck FIFA” y “Foda-se a FIFA”.

En junio del año pasado, poco antes de la Copa de Confederaciones, más de un millón y medio de brasileños salieron a las calles a protestar contra el despilfarro de 3 mil 700 millones de dólares públicos para construir o remodelar los estadios de las 12 ciudades-sede.

La violencia de grupos anarquistas como los Black Blocs alejó a mucha gente de las manifestaciones posteriores, pero este año continúan, principalmente impulsadas por sindicatos que también han convocado a varias huelgas y actos contra la FIFA y el Gobierno de Dilma Rousseff.

Estos últimos días, la tensión social por el Mundial se hizo evidente en uno de los muros del Terreirão do Samba, cerca del Sambódromo.

Allí, unos artistas callejeros habían pintado un mural con la imagen de Neymar, la joven estrella de la selección brasileña. Menos de 48 horas después, el dibujo había sido cambiado: sobre la cabeza del crack futbolístico se había pintado un pasamontañas negro, como los que usan los Black Blocs, y se habían pintado leyendas contra la FIFA y el Gobierno. La Alcaldía se apresuró y volvió a tapar toda la pared con pintura blanca.

En la favela Tavares Bastos, en el barrio de Catete, un gigantesco graffiti que muestra a Neymar junto al argentino Lionel Messi, el portugués Cristiano Ronaldo, el italiano Mario Balotelli y el uruguayo Luis Suárez, permanecía todavía intacto este fin de semana. Pero pintada con tiza sobre el asfalto de la calle Dias da Cruz, en Méier, una enorme bandera brasileña había sido modificada con consignas como “Menos prisiones, más escuelas”, “Más salud”, “Mejor transporte público”, “Basta de remociones” y “Menos exclusión, más participación”.

Sólo a mediados de esta última semana la FIFA comenzó a engalanar las calles y avenidas de Río de Janeiro con sus coloridos carteles que dan la bienvenida a los visitantes. Pero ya el viernes último, uno de esos letreros, sobre la Avenida Atlántica, en plena rambla de Copacabana, había sido arrancado de un poste y destrozado.

En el barrio de Vila Isabel, cerca del estadio del Maracaná, donde se realizará la gran final del Mundial, las decoraciones de la calle Jorge Rudge también habían sufrido un ataque, con varias guirnaldas verde y amarillas tiradas al piso. Y en una de sus esquinas, justo frente al Hospital Pedro Ernesto, un graffiti advertía: “Turistas, no se enfermen; tenemos estadio, pero no tenemos hospital”.

“Faltan médicos, camas, medicinas, materiales básicos y aparatos para hacer exámenes. La salud no es una prioridad”, confirmó a REFORMA Rita de Castro, de 51, empleada administrativa del hospital vinculado a la Universidad Estatal de Río de Janeiro.

En la cercana tienda Fest Sonho, Alexandre Souza, 18, ordenaba banderas brasileñas, sombreros y cornetas “verde-amarelas” en la vidriera. Reconoció que la venta del cotillón mundialista está muy débil este año, sobre todo si se trata de productos con el sello de la FIFA, como los muñecos de Fuleco, el armadillo-mascota del evento.

“La gente está tímida, teme por las protestas y la reacción que otras personas puedan tener. Creo que cuando empiecen los partidos el ambiente va a cambiar; la gente se va a dar cuenta de que puede protestar, pero con los colores de nuestro Brasil querido, agitando banderas y alentando a nuestra selección”, dijo esperanzado.

Leer más: http://www.mural.com/aplicaciones/articulo/default.aspx?id=249059&v=2#ixzz33UVCZH6W
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Brasil 2014: ¿del golazo al autogolazo económico? 

La Copa del Mundo 2010 fue un mal negocio para Sudáfrica. El gobierno invirtió 3,500 millones de dólares y sólo generó retornos por alrededor de 600 millones. De los 450,000 turistas anticipados, llegaron apenas 309,554. La infraestructura del Mundial está ahí, son elefantes blancos que ningún turista de safari quiere cazar.

Brasil ganó la sede del campeonato mundial de futbol en el 2007. Cuando lo hizo, sus autoridades estaban conscientes de que ninguno de los últimos mundiales había sido un éxito económico. Antes de Sudáfrica fueron Alemania; Japón-Corea; Francia y Estados Unidos. Ellos pensaron, Brasil es diferente: somos los reyes del futbol y, además, nuestra economía va para arriba. El Mundial será la oportunidad para demostrar al planeta de qué está hecho el nuevo Brasil.

Las primeras cuentas fueron alegres. La Copa FIFA costaría un máximo de 5,000 millones de dólares y generaría un impulso al PIB que duraría una década. Del gasto, 1,500 millones serían erogados por el gobierno y el resto correspondería a inversión privada. La cantidad era pequeña, considerando que el PIB es de 2 .3 billones de dólares y el gasto público es aproximado a 500,000 millones de dólares.

Han pasado poco menos de siete años desde ese momento en que Lula festejó el otorgamiento de la sede. En ese periodo, la economía de Brasil ha entrado en un bache y se han descompuesto las expectativas en torno a la Copa. El presupuesto inicial se ha desbordado, mientras que el sector privado no se convirtió en el entusiasta inversionista que el gobierno pronosticaba. El Mundial costará más de 11,000 millones de dólares. De ellos, menos de 20% será invertido por particulares.

El país más fanático del futbol ha resultado el más crítico del gasto de su gobierno en la organización de la Copa. Hace un año, durante la celebración de la Confederaciones, más de 1 millón de personas tomaron las calles para protestar por el uso del presupuesto. Les gusta el futbol, pero no quieren estadios pagados con sus impuestos. Prefieren escuelas, hospitales y alumbrado público.

Hay un riesgo real de que el evento deportivo empeore la imagen del país organizador. Las protestas del 2013 tomaron a casi todos por sorpresa. Ahora, a tres semanas del partido inaugural, casi todos esperan algún tipo de efervescencia social . Si ésta se torna muy violenta o la respuesta del gobierno es inadecuada, la imagen de Brasil saldrá lastimada.

En lo económico, el escenario más optimista se ha descartado: no traerá un gran impulso al PIB. Las cuentas de 0.6% adicional al producto durante una década parecen ahora sueños de opio; 36 de las 93 grandes obras proyectadas no se han podido concluir. El pronóstico de turismo incluye la llegada de 600,000 turistas extranjeros que gastarán 2,600 millones de dólares. El desplazamiento de 3 millones de brasileños que erogarán 7,900 millones.

¿Qué tan lejos quedará la realidad? El Mundial de Futbol no será negocio para Brasil, pero sí implicará una gran transferencia de recursos, anticipan Simon Kuper y Stefan Szymanski, autores de Soccernomics: transferencia de las mujeres a los hombres; de los contribuyentes brasileños a la FIFA y de los consumidores de todo el mundo a las corporaciones que elaboran productos mundialistas. Por lo pronto, han subido las acciones de Anheuser Busch, Coca Cola y Adidas. Mientras tanto, la Bolsa de Valores brasileña lleva una caída de 7% en un año.

lmgonzalez@eleconomista.com.mx

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